Estoy acostado en mi cama, mirando al techo esperando a que mi
despertador suene para iniciar mi día, volteo a verlo y éste marca apenas las
seis con cincuentaiocho minutos, falta poco, vuelvo a mirar al techo y cierro
los ojos lentamente, todo es oscuro, hasta que me veo en un espacio blanco
repentinamente, trato de correr hacia algún lugar, pero este espacio parece ser
infinito. Me detengo a tomar un respiro, entonces escucho:
—Hola —una voz femenina muy gentil y elegante me saludó desde mis
espaldas. Quise voltear, para saber de quién era ese tono angelical. Sin
embargo, cuando apenas estaba empezando a girar mi cuello, mi reloj sonó
marcando las siente en punto. Me desperté, aún con el pensamiento de aquella
mujer que escuché en mi sueño, me levanté de mi cama y me dirigí al baño a
cagar. Sentado en la poceta, recordé nuevamente aquel saludo, me quedé un rato
pensando en ella; tratando de reconocer esa voz, pero no pude hacerlo.
Al salir del baño; me visto, salgo de mi recamara y me dirijo a la
cocina, pasé por la sala y acomodé los cojines del sofá, un sofá rojo que no
combinaba en lo absoluto con las paredes verdes de mi apartamento, pero fue un
regalo de mi madre fallecida; por lo que tiene un significado especial para mí,
tampoco puedo pintar las paredes puesto que mi trabajo de oficinista a tiempo
completo me lo impide.
En la cocina, tomo dos rebanadas de pan cuadrado, y los pongo en
la tostadora; luego, saco una botella de aceite vegetal de la alacena y lo
vierto en el satén que estaba en la estufa desde anoche, mientras que se
calienta voy a la nevera a sacar un par de huevos, espero unos segundos y los
rompo sobre el sartén, uno tras otro.
Mientras tomo mi jugo de manzana, oigo mi celular sonar desde mi
cama, me levanto rápido de la mesa y accidentalmente golpeo el vaso con mi
codo, derramando así todo el jugo en la mesa y el piso, me apresuro a buscar un
pañuelo para limpiar mientras seguía sonando el teléfono, trataba de limpiar lo
más rápido que podía pero el teléfono parecía sonar cada vez más alto y para
rematar, alguien comenzó a tocar mi timbre con desespero, me sentía cada vez
más encerrado, no sabía si levantarme a contestar, seguir limpiando o ir a ver
quién tocaba el timbre de mi apartamento a las siete de la mañana.
—¡Maldita sea, cállense todos! —grité enojado. El celular al
fin dejó de sonar y al parecer la persona que tocaba el timbre salió
despavorida al escuchar mi grito. Termino de limpiar y me voy a paso veloz
a mi recamara a contestar mi “cuchitril” (como lo llamo yo, pues lo tengo desde
hace ya 6 años) que sonaba de nuevo. En la pantalla se veía que la llamada
entrante era de mi jefe, quién es una buena persona, pero a veces es tan
estresante que me provoca darle una patada en las bolas. Al contestar lo
primero que escucho es:
—Buenos días, ¿Por qué no contestabas? Bueno, no importa.
Había olvidado decirte anoche que hoy empezaremos a trabajar a partir del medio
día por la inspección que harán los del servicio técnico. Lamento avisarte en
el último minuto, nos vemos en la tarde —entonces
colgó.
El muy bastardo no me dejó decir ni una sola palabra, siempre ha
sido la clase de persona que no le importa el tiempo de los demás, en estos
momentos sólo quisiera desmembrarlo.
Con la rabia de haberme despertado temprano para nada, terminé mi
desayuno. Al finalizar, me dirigí a mi cuarto sin siquiera lavar el
plato, tomé el reloj y le puse el despertador a las diez treinta, me acosté en
mi cama pero no lograba conciliar el sueño. Encendí la televisión, vi todos los
canales uno por uno pero no encontré nada que se me hiciera interesante, ni
siquiera los dibujos animados de hoy en día son buenos, comparados con los de
mi juventud. Decepcionado, me levanto y me visto con ropa deportiva para salir
a trotar, saliendo de mi apartamento me encuentro con mi vecina de en frente;
una hermosa hija de portugueses que despertaba mis más bajos instintos
carnales, ella estaba saliendo para pasear a su perrito Black, un dóberman que
siempre me ladra cuando me ve, quizás siente de alguna forma lo que quiero con
su ama. Cuando me empezó a ladrar el maldito perro, Anna se dispuso a meterlo a
su apartamento mientras me decía:
—Lamento que siempre te ladre cuando te ve, no sé por qué es así,
eres al único que le ladra de esa forma. ¿Hoy no irás a trabajar?
—Sí, pero le están haciendo mantenimiento a las computadoras y
terminarán a medio día, mi jefe apenas me avisó hace un momento… es un idiota.
—ella se rió un poco, entonces marqué al ascensor, esperándolo, me quedé
mirándola fijamente, tratando de desnudarla.
—El ascensor está tardando mucho ¿No lo crees? —dijo al darse
cuenta de la forma en cómo la veía.
—Sí, creo que mejor bajaré por las escaleras.
—Hasta luego —me dijo mientras abría la puerta y sacaba a su
dóberman.
—Chao —le respondí bajando las escaleras.
Mientras bajaba, me encontré con unos niños en el piso siete, eran
los hijos de la pareja Espinoza jugando fútbol en el pasillo, me detuve a
pensar en que ellos fueron los que tocaron mi timbre hace rato pero no le di
crédito a mis pensamientos, esos niños son unos demonios irresponsables, pero
quiero creer que tiene un pequeño ángel en su interior. Esperé a que ellos
detuvieran su juego para yo poder pasar, cuando lo hicieron, seguí caminando,
entonces sentí un balonazo en mi cabeza, malditos niños mal criados, todo
comenzó a moverse en mi cabeza, y la ira que tenía aumentó, pero logré
controlarme puesto que sabía que si les decía o hacía algo sus padres irían a
mi casa a formarme peos y yo seguramente les haría algo que ameritara una
denuncia, así que decidí continuar, no sin antes dedicarles una mirada con todo
mi odio.
Cuando bajé los nueve pisos y salgo del edificio, me encontré a
otra vecina, la más amargada de las ancianas, una señora que no podía hablar
sin escupir miles de maldiciones, la señora Mauricia Arrechavaleta.
Sinceramente, si yo tuviera ese nombre y ese apellido también fuera una persona
amargada.
—¿No me vas a abrir la reja de la entrada? Definitivamente ya no
hay hombres, en mis tiempos todos los hombres eran unos caballeros de primera,
no había hombre que no fuera cortés conmigo —yo fingí no escucharla pero ella
continuó hablando—. ¿Entonces? ¿No me vas a abrir la reja? —no tuve más opción
que hacerlo a regañadientes... sin siquiera recibir un gracias.







