Después de asesinar al perro, dejé su cuerpo
inerte y me dirijé a la habitación de mi amada, al entrar aparecí en un cuarto
completamente diferente, cuya luz roja, daba la sensación de estar en el
infierno a primera impresión. Ahí estaban la señora Arrechavaleta teniendo sexo
con un hombre muy joven... no me sorprendió que ella le pagara a un gigoló para
satisfacerse, me sorprendió ver el cuerpo desnudo de esa vieja, a mi parecer
era muy asqueroso ver un pedazo de carne colgante, senos que casi llegaban a su
ombligo moviéndose de arriba a abajo cabalgando al hombre tan apasionadamente,
moviéndose como una estrella porno. Aunque admito que me excité un poco al
imaginar a Anna moviéndose de esa manera tan lujuriosa, pero seguramente, aquel
joven muchacho se estaba arrepintiendo de la vida que terminó escogiendo… a
menos que le gusten las veteranas mayores.
Traté de salir del cuarto
de la vieja y volver al apartamento de Anna pero no pude lograrlo, mis manos no
podían tocar la manilla... pasaban a través de ella. Tuve que aguantarme todo
su acto sexual hasta el final, hasta pensé en masturbarme, admito que la señora
se mueve muy bien, incluso hizo cosas que jamás había visto… ni siquiera de la
más experimentadas de las prostitutas con las que alguna vez me acosté.
Cuando terminaron
su acto amatorio, la señora abrió la puerta y finalmente pude salir. Antes de
regresar con Anna, vi como ella se despedía del muchacho con un beso candente y
cuando finalmente él se fue, recordé lo hija de puta que es esta vieja, y, al
tenerla tan cerca, siendo invisible a sus ojos no pude reprimir las ganas que
tenía de continuar con ella lo que empecé con el perro, pero esta vez con una
pequeña travesura. Tomé la sábana de su cama, llena de su sudor y orgasmos, me
cubrí con ella y esperé a que saliera del baño para mostrarme, disfruté el grito
lleno de desesperación que hizo al verme. Salió corriendo por toda la casa
echando gritos, hasta quedar arrinconada, cuando estaba a un par de centímetros
de ella, dejó de gritar y de desmayó.
Al caer, yo aparecí
en ese espacio blanquecino que había estado esperando, e inmediatamente escuché
esa voz angelical a mis espaldas, ansiaba verla esta ves… y entonces dijo:
—¿Te sientes mejor?
—volteé, y la vi, una hermosa mujer pálida de ojos azules, con un largo vestido
blanco hasta por debajo de las rodillas, aunque no tenía cabello, era más
hermosa que cualquier otra fémina que haya conocido, incluso más que Anna,
quedé inmediatamente enamorado de ella.
—Sí —respondí farfullando.
—¿Te duele la
pierna? —preguntó acercándose a mí, algo preocupada.
—No, ya no me
duele.
—Me alegro mucho
—sonrió, fue la sonrisa más hermosa que he visto. Entonces desperté.
Estaba un poco
exaltado por esos sueños que tuve, parecían tan reales, pero a la vez, me
sentía satisfecho con lo que hice, asesinar a esa vieja maldita y a ese perro.
Me levanté de la cama con una gran sonrisa, casi de oreja a oreja, me bañé,
desayuné, me vestí y salí para mi trabajo, aún con mi gran sonrisa. Cuando
salí, me encontré a Anna en el ascensor, estaba muy triste, casi parecía que
iba a romper en llanto en cualquier momento.
—¿Qué te ocurre,
Anna? —ella se abalanza sobre mí inmediatamente y me abraza muy fuerte, yo, un
poco excitado la abracé también.
—Mi perro, Black…
está muerto —mi mente quedó en blanco unos segundos por el shock, la sonrisa
que tenía desapareció completamente. Mi sueño de alguna forma se había hecho
realidad, haber soñado que eso ocurrió me alegró mucho, pero esto es otra cosa,
verla destrozada me partía el alma a mí.
—¿Cómo? —pregunté
titubeando.
—No lo sé, anoche
lo dejé en la cocina y cuando desperté parecía como si alguien lo hubiesen
golpeado hasta su muerte, fui al veterinario y él me confirmó que murió a
patadas —yo quedé atónito, era exactamente la forma en la que yo lo había
matado en mi sueño. ¿Acaso no fue sólo un sueño?
—Déjame
acompañarte hasta la puerta de tu apartamento —fui con ella y luego, después de
abrir la puerta me abrazó de nuevo, más fuerte que la vez anterior, me estaba
costando un poco respirar —Anna, lo siento pero tengo que irme a trabajar, si
quieres, cuando llegue vengo y hablamos.
—Está bien
—respondió enjugándose las lágrimas, entonces entró.
Cuando me monté en el ascensor vi que había un comunicado en el espejo:
SENTIMOS LA PENOSA MUERTE
DE LA SRA. ARRECHAVALETA
ESPEREMOS QUE DIOS LA
TENGA EN SU GLORIA
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