Después de la llamada de María,
aproveché el tiempo que me dieron y visité a mi amigo Pedro, un médico
excelente, pero lo suficientemente corrupto como para mandar a enyesarme la
mano y darme algunos días de reposo, no sin pagarle antes, claro.
—Hey, Gustavo. ¿Qué haces aquí? —me saludó muy amigablemente, levatándose para
estrecharme la mano.
—¿Recuerdas al perro de Anna? —le dije mientras nos sentábamos.
—Sí, claro, ¿cómo olvidarlo?
—Pues me mordió hace rato en la pierna, pero le dije a María, la secretaria de
mi jefe, que lo había hecho en la mano, me preguntaba si me podrías ayudar.
Él me miró a los ojos, los tenía un poco rojos, y, sinceramente, yo lo veía
todo turbio, estaba casi ido.
—Adán te visitó, ¿verdad? —preguntó muy seriamente, sin dejar de mirarme
fijamente, incluso sentí ira en sus palabras.
—Sí —dije un poco apenado.
—Por favor, vete.
—¿Por qué? —pregunté sorprendido.
—No me importa con qué te estás matando, pero no quiero que vengas aquí en ese
estado —se levantó—, vete, Gustavo.
—¿Pero no me ayudarás? Te pagaré muy bien, sabes como soy de generoso contigo
—me tuve que levantar, sentí cómo iba a ser golpeado si no lo hacía.
—No te voy a ayudar, no me importa esta vez cuan generoso seas.
—De acuerdo, de acuerdo, pero al menos dime a quién pudo acudir.
—¡Lárgate! —exigió, todos los enfermeros y los pacientes que estaban en el
consultorio, e incluso los que estaban afuera habían escuchado ese grito
estremecedor. Sólo pude irme sin decir una palabra más, decepcionado, y sin
saber a quién acudir.
Regresé a mi casa, aún decepcionado,
pensando en cómo, o qué debería hacer para no ir a trabajar, no me quedaba mucho
tiempo antes de la una y media ya, entonces se me ocurrió una idea, fui a la
cocina y tomé un tenedor trinchador, lo miré fijamente, comencé a sudar… luego
miré el piso y me fui al baño, la sangre es muy difícil de quitar. Me metí en
la bañera, me había quitado toda la ropa, entonces, después de un gran titubeo
mío… clavé sus dos puntas por debajo de mi pulgar izquierdo, inesperadamente no
sentí mucho dolor, la droga de Adán sí que tiene un efecto duradero, moví el
tenedor dentro de mi mano para abrir la herida y se viera más como una mordida
de perro. La sangre me había bañado completamente la cintura. Seguí abriendo la
herida hasta que se hizo lo suficientemente grande, comencé a sentir un intenso
dolor, grité como nunca lo había hecho, entonces decidí parar. Luego, limpié un
poco la herida con alcohol y la vendé yo mismo, me vestí y me fui al trabajo.
Al llegar, cuando
entro al edificio, saludo al guardia de seguridad, Mikel, un hombre moreno con
barriga de cervecero, muy atento. A todos nos cae bien, incluso tiene fama de
mujeriego, tal vez debería pedirle algún truco para conquistar a Anna.
—Hola, Mikel.
—¡Hey Gustavo! ¿Estás bien? ¿Qué te pasó en la pierna? —se había fijado que
estaba cojeando un poco al caminar—. Y en la mano… ¿qué estabas haciendo?
—¡Ah eso! Me mordió el perro de mi vecina
—María me dijo que te había mordido en la mano… pero no sabía que también te lo
había hecho en la pierna —el desdichado rompió en risas y yo comencé a sentirme
como idiota.
—¡Oye! No deberías reírte de las desgracias ajenas… Por cierto, ¿no tienes
vendas para ponérmelas en la mano? Esta está roja ya.
—Por supuesto que no, sólo soy el guardia, no soy el enfermero del edificio.
—Ah, tienes razón —empecé a caminar, con dirección al ascensor al fondo del
pasillo.
—Oye, Gustavo —llamó Mikel.
—Sí, dime.
—¿Te gustan las sorpresas?
—Eso depende ¿Por qué lo preguntas?
—No… no es nada —soltó una risa que apenas pudo contener. Sin saber de qué
hablaba, continué caminando.
Al llegar al piso donde hacía mi trabajo, lo primero que hice fue ir a la
oficina del jefe, toqué la puerta de su oficina y María dijo:
—Pasa —así lo hice.
—¿Está desocupado el jefe?
—Sí, pero no está en la oficina, salió un momento, no sé a donde.
—Ah, ok, entonces iré a mi cubículo.
Al llegar a mi puesto, enciendo mi ordenador. Al iniciar sesión, lo primero en
que me fijo fue que la papelera de reciclaje aún tenía documentos, la abro y
veo que todos los archivos que había borrado desde la semana antepasada aún
estaban ahí. Me parece muy extraño que los de mantenimiento hayan dejado la
papelera así, siempre eliminan estos archivos, de hecho, creo que es lo primero
que hacen.
Al finalizar mi jornada laboral de este día, llego a mi casa cansado y un poco
más tarde de lo normal porque sigo cojeando. Me tumbo en la cama, la mano me
empieza a doler más que en todo el día, decidí inyectarme de nuevo ese líquido
celestial que Adán me trajo. La paz, la serenidad volvieron a mí, pero sobre
todo, el dolor estaba empezando a desaparecer, calmado inmediatamente me quedé
dormido, sin siquiera haberme quitado la ropa o los zapatos.
Al darme cuenta, aparezco frente a la puerta de Anna y entro a su apartamento
traspasando la puerta, como si fuera un fantasma, su perro me ladra y ella sale
de su cuarto vestida con un babydoll azul claro, verla así me excitó mucho,
pero ella parece no verme y comienza a hablarle a su perro:
—Blaqui ya cállate, todavía estoy brava contigo por lo que le hiciste a
Gustavo, sabes que él me gusta mucho. Métete en la cocina, vas a pasar ahí toda
la noche —tomó una tabla de más o menos un metro de largo y le bloqueó la
salida al perro.
Ella se mete a su cuarto, se acuesta sobre su cama y luego de unos minutos se
queda dormida, yo me quedé viéndola todo el tiempo, como tonto embelesado.
Después de quedarse dormida, escucho los gruñidos del perro provenientes de la
cocina, decido acercarme a él y este comienza a mirarme fijamente, gruñendo
cada vez más fuerte. Yo sigo molesto con el perro por la mordida que me hizo en
la pierna, decido sacar toda mi ira pateando tan fuerte que vuela hasta el otro
lado de la cocina, voy hacia él con más ira y continuo pateándolo, pisoteándolo
hasta que deja de moverse y chillar… había muerto, maté al maldito perro, lo
único que se interponía entre Anna y yo, no podía estar más contento...
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