lunes, 2 de julio de 2012

Asesino de sueños (Cap III)


            Después de la llamada de María, aproveché el tiempo que me dieron y visité a mi amigo Pedro, un médico excelente, pero lo suficientemente corrupto como para mandar a enyesarme la mano y darme algunos días de reposo, no sin pagarle antes, claro.

            —Hey, Gustavo. ¿Qué haces aquí? —me saludó muy amigablemente, levatándose para estrecharme la mano.

            —¿Recuerdas al perro de Anna? —le dije mientras nos sentábamos.

            —Sí, claro, ¿cómo olvidarlo?

            —Pues me mordió hace rato en la pierna, pero le dije a María, la secretaria de mi jefe, que lo había hecho en la mano, me preguntaba si me podrías ayudar.

            Él me miró a los ojos, los tenía un poco rojos, y, sinceramente, yo lo veía todo turbio, estaba casi ido.

            —Adán te visitó, ¿verdad? —preguntó muy seriamente, sin dejar de mirarme fijamente, incluso sentí ira en sus palabras.

            —Sí —dije un poco apenado.

            —Por favor, vete.

            —¿Por qué? —pregunté sorprendido.

            —No me importa con qué te estás matando, pero no quiero que vengas aquí en ese estado —se levantó—, vete, Gustavo.

            —¿Pero no me ayudarás? Te pagaré muy bien, sabes como soy de generoso contigo —me tuve que levantar, sentí cómo iba a ser golpeado si no lo hacía.

            —No te voy a ayudar, no me importa esta vez cuan generoso seas.

            —De acuerdo, de acuerdo, pero al menos dime a quién pudo acudir.

            —¡Lárgate! —exigió, todos los enfermeros y los pacientes que estaban en el consultorio, e incluso los que estaban afuera habían escuchado ese grito estremecedor. Sólo pude irme sin decir una palabra más, decepcionado, y sin saber a quién acudir.

           
            Regresé a mi casa, aún decepcionado, pensando en cómo, o qué debería hacer para no ir a trabajar, no me quedaba mucho tiempo antes de la una y media ya, entonces se me ocurrió una idea, fui a la cocina y tomé un tenedor trinchador, lo miré fijamente, comencé a sudar… luego miré el piso y me fui al baño, la sangre es muy difícil de quitar. Me metí en la bañera, me había quitado toda la ropa, entonces, después de un gran titubeo mío… clavé sus dos puntas por debajo de mi pulgar izquierdo, inesperadamente no sentí mucho dolor, la droga de Adán sí que tiene un efecto duradero, moví el tenedor dentro de mi mano para abrir la herida y se viera más como una mordida de perro. La sangre me había bañado completamente la cintura. Seguí abriendo la herida hasta que se hizo lo suficientemente grande, comencé a sentir un intenso dolor, grité como nunca lo había hecho, entonces decidí parar. Luego, limpié un poco la herida con alcohol y la vendé yo mismo, me vestí y me fui al trabajo.

            Al llegar, cuando entro al edificio, saludo al guardia de seguridad, Mikel, un hombre moreno con barriga de cervecero, muy atento. A todos nos cae bien, incluso tiene fama de mujeriego, tal vez debería pedirle algún truco para conquistar a Anna.

            —Hola, Mikel.

            —¡Hey Gustavo! ¿Estás bien? ¿Qué te pasó en la pierna? —se había fijado que estaba cojeando un poco al caminar—. Y en la mano… ¿qué estabas haciendo?
            —¡Ah eso! Me mordió el perro de mi vecina

            —María me dijo que te había mordido en la mano… pero no sabía que también te lo había hecho en la pierna —el desdichado rompió en risas y yo comencé a sentirme como idiota.

            —¡Oye! No deberías reírte de las desgracias ajenas… Por cierto, ¿no tienes vendas para ponérmelas en la mano? Esta está roja ya.
            —Por supuesto que no, sólo soy el guardia, no soy el enfermero del edificio.

            —Ah, tienes razón —empecé a caminar, con dirección al ascensor al fondo del pasillo.

            —Oye, Gustavo —llamó Mikel.

            —Sí, dime.

            —¿Te gustan las sorpresas?

            —Eso depende ¿Por qué lo preguntas?

            —No… no es nada —soltó una risa que apenas pudo contener. Sin saber de qué hablaba, continué caminando.

            Al llegar al piso donde hacía mi trabajo, lo primero que hice fue ir a la oficina del jefe, toqué la puerta de su oficina y María dijo:

            —Pasa —así lo hice.

            —¿Está desocupado el jefe?

            —Sí, pero no está en la oficina, salió un momento, no sé a donde.

            —Ah, ok, entonces iré a mi cubículo.

            Al llegar a mi puesto, enciendo mi ordenador. Al iniciar sesión, lo primero en que me fijo fue que la papelera de reciclaje aún tenía documentos, la abro y veo que todos los archivos que había borrado desde la semana antepasada aún estaban ahí. Me parece muy extraño que los de mantenimiento hayan dejado la papelera así, siempre eliminan estos archivos, de hecho, creo que es lo primero que hacen.

            Al finalizar mi jornada laboral de este día, llego a mi casa cansado y un poco más tarde de lo normal porque sigo cojeando. Me tumbo en la cama, la mano me empieza a doler más que en todo el día, decidí inyectarme de nuevo ese líquido celestial que Adán me trajo. La paz, la serenidad volvieron a mí, pero sobre todo, el dolor estaba empezando a desaparecer, calmado inmediatamente me quedé dormido, sin siquiera haberme quitado la ropa o los zapatos.

            Al darme cuenta, aparezco frente a la puerta de Anna y entro a su apartamento traspasando la puerta, como si fuera un fantasma, su perro me ladra y ella sale de su cuarto vestida con un babydoll azul claro, verla así me excitó mucho, pero ella parece no verme y comienza a hablarle a su perro:

            —Blaqui ya cállate, todavía estoy brava contigo por lo que le hiciste a Gustavo, sabes que él me gusta mucho. Métete en la cocina, vas a pasar ahí toda la noche —tomó una tabla de más o menos un metro de largo y le bloqueó la salida al perro.

            Ella se mete a su cuarto, se acuesta sobre su cama y luego de unos minutos se queda dormida, yo me quedé viéndola todo el tiempo, como tonto embelesado. Después de quedarse dormida, escucho los gruñidos del perro provenientes de la cocina, decido acercarme a él y este comienza a mirarme fijamente, gruñendo cada vez más fuerte. Yo sigo molesto con el perro por la mordida que me hizo en la pierna, decido sacar toda mi ira pateando tan fuerte que vuela hasta el otro lado de la cocina, voy hacia él con más ira y continuo pateándolo, pisoteándolo hasta que deja de moverse y chillar… había muerto, maté al maldito perro, lo único que se interponía entre Anna y yo, no podía estar más contento...

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