miércoles, 15 de agosto de 2012

Asesino de sueños (Final)


            Después de matar a los dos ladrones que me robaron en la mañana, el timbre de mi casa sonó, ya era de noche, pero no sabía que hora era, me levanté para abrir la puerta, y cuando lo hago, me encontré con Anna, me apresuré en abrir la reja también y hacerla pasar.
            —Disculpa que no haya pasado por tu casa, pero hoy no he tenido un buen día —dije mientras cerraba solamente la puerta y le señalaba el sofá para que tomara asiento.
            —No te preocupes, ya me siento mejor —hubo un prolongado silencio, casi sepulcral, que aproveché para sentarme en el sofá junto a ella—. Sé que tienes trabajo y que no te caía muy bien, pero mañana en la tarde, cerca de las cinco, enterraré a Black y quería saber si podía contar contigo… tu asistencia, quiero decir —finalizó un poco ruborizada.
            —Claro que voy a estar ahí, por mi trabajo no te preocupes, ya no tengo —le dije tomándole la mano.
            —¿Cómo que no? —preguntó sorprendida —Tienes los ojos muy rojos, ¿estás bien? —ella no tenía idea de lo que yo hacía en ocasiones, la razón de mis ojos rojos…
            —Sí, estoy bien, no te preocupes. Pues a eso me refería con mal día, me despidieron hoy… y después de eso —puse la mano en mi pecho, y me sorprendí al sentir el sobre con mi liquidación.
            —¿Después de eso qué? —preguntó al notar mi expresión de sorpresa, aunque traté de disimularlo tanto como pude.
            —Pues me vine para acá, a descansar, pensar un poco sobre lo que haría, pero finalmente me quedé dormido —respondí volviendo en mí.
            —¿Entonces te desperté? Lo siento, no sabía que… —se levantó muy rápido y en respuesta le tomé la mano sin pensar, entonces la jalé, tumbándola hacía mí, quedando nuestras caras a un par de centímetros la una de la otra, nos miramos fijamente, nuestros rostros comenzaron a acercarse hasta el punto en que nuestros labios casi se tocaban… pero ella se levantó antes de hacer contacto, luego salió cerrando la puerta del apartamento con gran fuerza.
            Pasaron varias horas en las que sólo había estado acostado en el sofá, esperando dormirme de nuevo, si lo que hacía en mis sueños se volvía realidad… quería hacer lo que he estado haciendo involuntariamente, esta vez a mi jefe y por mi voluntad… quería matarlo.
            Finalmente me quedé dormido, y justo como lo quería, me encontré en la oficina de mi jefe, donde a veces se quedaba durmiendo. Para mi fortuna, allí estaba, en su escritorio, sacando cuentas. Me acerqué a él, me puse a sus espaldas, le di vuelta a su silla y comencé a ahorcarlo. Sus ojos casi desorbitados estaban llenos de confusión, no entendía quién o qué lo estaba asfixiando, entonces pensé con todas mis fuerzas cuanto me gustaría que me viese en estos momentos, que viese a los ojos a la persona que despidió el día de su cumpleaños. 
            Cuando pensé eso, mi piel dejó de ser invisible para sus ojos y él trató de soltarse con más y más fuerzas, hasta que, estiró sus manos por el escritorio tratando de tomar algo que le ayudara a defenderse… tomó unas tijeras y las clavó en mi brazo izquierdo. Adolorido, lo solté y me eché para atrás; mientras sacaba las tijeras y las tiraba a una esquina, él intentó salir por la puerta pero la cerradura no cedía gracias a mis fuertes pensamientos. Se tiró en una esquina, sosteniendo las tijeras, apuntándome con ellas con sus manos temblorosas, llenas de temor. Me acerqué despacio… y me hice invisible a sus ojos, él comenzó a moverse de un lado a otro, agitando su mano, tratando de apuñalarme, pero no lo lograba, le tomé la mano con la que sostenía su arma y aparecí inclinado frente a él, con un bolígrafo en la mano.
            —Esto es por todo lo que me has hecho —dije antes de encajarle el bolígrafo en la cabeza con todas mis fuerzas.
            El día siguiente, me levanté poco más tarde del medio día, pero me sentía más feliz que nunca, todas las personas y animales, que me han fastidiado ya no estaban en este mundo, si el sueño de anoche fue como los otros tres, entonces el jefe estará en la morgue a esta hora. Al levantarme del sofá escuché que tocaban la puerta con mucha fuerza, me apresuro en ir a ver quién es a través del ojo mágico, eran tres policías, acompañados de María, también pude ver que mis vecinos del piso estaban detrás de ellos, incluida Anna.
            —¡Sabemos que estás allí, Gustavo Hernández! ¡Abre la puerta! —exigía el más fornido de los policías—. Eres el principal sospechoso de dos asesinatos, si no abres la puerta la derribaremos —No lo creo, me descubrieron, pensé que esos poderes me cubrirían, pero al parecer no lo hice bien del todo. Sabía que estaba en graves problemas, nunca pensé que podría ir a la cárcel, me dejé llevar completamente por la ira, y anoche, por la sed de venganza. Desesperado, me fui a la cocina, y tomé un cuchillo, el más grande que tenía, luego me devolví a la puerta y dije:
            —Hey, policía ¿De cuales asesinatos se me acusan?
            —Así que está ahí, será mejor que no ponga resistencia.
            —Responde ¿Cuáles son los asesinatos que según ustedes cometí?
            —El primero fue el de los jóvenes Yeison Giménez y Patricio Abreu en el parque. Además el de tu antiguo jefe, Iván Domínguez.
            —¿Y cuáles son las pruebas que tiene para acusarme?
            —¡Deja de jugar, Gustavo! Hay pruebas en tu contra.
            —¡Dime qué pruebas tienen, maldito! —grité exaltado.
            —Encontramos tus huellas en arma dejada con los cuerpos de los chicos. Y hace poco encontramos tus huellas en el lapicero que le clavaste en la cabeza a tu antiguo jefe y en unas tijeras que él sostenía.
            —¡Déjenme hablar con él! —exclamó desesperada Anna abriéndose paso entre los tres policías —¿Gustavo, lo que dicen ellos es verdad? —preguntó con la voz quebrada.
            —Sí, ellos están en lo cierto.
            —¿Por qué lo hiciste? —cada vez se sentía más su tristeza.
            —Mi jefe me había despedido, el mismo día de mi cumpleaños… ¡No pasaba nada si me despedía cualquier otro día! ¿Por qué tenía que ser justo ayer? Y esos chicos… esos chicos me robaron lo que me había dado Iván, sin ese dinero no hubiese podido sobrevivir el resto del mes.
            —Pero aún así… ¿Por qué tuviste que matarlos, Gustavo?
            —No sólo los maté a ellos.
            —¿Qué dices? —preguntó el policía.
            —Así es, asesiné a la señora Arrechavaleta y… también a tu perro, Anna —pude escuchar como comenzó a romper en un llanto inconsolable—. Por muy loco que suene, los asesiné en mis sueños, y cuando despertaba, ellos estaban muertos.
            —¿Qué tonterías dices? ¡Sal de ahí para que te llevemos a la cárcel a cumplir tu sentencia! Contaré hasta tres y si no sales, te sacaremos por la fuerza… ¡Uno!
            —Oficial, no hace falta contar más —abrí la puerta, y vi como María y Anna, estaban abrazando a los otros dos oficiales llorando en sus hombros—. Anna, perdón, pero no pienso cumplir ninguna sentencia, seguiré usando este poder por siempre… porque ahora no despertaré más.
            —¡Qué dices? —preguntó el policía que seguía frente a mi puerta. Yo mostré el cuchillo que tenía en mis manos, todos comienzan a verme alarmados, sabían lo que iba a hacer. Apunté a mi garganta con el y…
            —¡No lo hagas! —gritó Anna, parándose frente a mí, sólo separada por la reja—. ¡Te quiero, Gustavo! Por favor… por favor no lo hagas —dijo llorando. Por un momento pensé en detenerme, pero sus sentimientos no cambiarían nada, preferiría estar en ese espacio blanquecino por siempre, acompañado de esa hermosa mujer a estar el resto de mi vida en una cárcel. Así que, clavé el cuchillo en mi garganta, antes de perder la conciencia y caer, pude ver como el policía que me había estado hablando apartó a Anna de la entrada al apartamento mientras ella lloraba con más sentimiento que antes, María en cambio, parecía sonreír… Yo le caía bien, a veces salíamos a almorzar a algún restaurant, pero siempre estuvo enamorada del jefe, así que posiblemente pensó que merecía terminar como ahora.
            Después de, según yo, morir, terminé en ese espacio donde tanto me había gustado estar, escuché el llanto de una mujer a mis espaldas, me apresuré a voltear en busca de la mujer que lloraba desconsolada. Era esa mujer, la mujer de mis sueños estaba llorando detrás de mí.
            —¿Qué ocurre? —le pregunté agachándome delante de ella.
            —¿Por qué lo hiciste? Dime —preguntó con un hilo de voz.
            —Para estar contigo, me di cuenta de que si moría, podía estar aquí para siempre, contigo, en mis sueños —pero entonces noté que mis piernas se empezaban a desvanecer junto con las de ella.
            —¡Morir no es soñar para siempre! porque al morir... tus sueños dejan de existir —entonces fue cuando me di cuenta de mi error, pero ya era tarde, mi cuerpo ya se había desvanecido por completo.


Fin.