Entro tiritando de la mano de mi madre a
mi habitación, atemorizado, él me susurró que vendría esta noche a por mí. No
quiero entrar. No quiero ir con el monstruo malvado. Con la sonrisa de una
madre incrédula que piensa que los monstruos de su hijo son producto de una
alocada imaginación, la mía me acuesta y me acobija, en vano, pues a él no le
importará cuántas cobijas me cubran cuando venga por mí, y me da un beso de
buenas noches.
Por
favor vuelve, mami, no te vayas, por favor no te vayas.
Se
separa de mí y va a apagar la luz. Cierra la puerta por completo sin darme
siquiera un último vistazo, dejándome a oscuras en esta habitación maldita.
Perdón mamá, sé que no debo decir malas palabras, pero así calificó él a mi cuarto. Ahora todo está oscuro,
todo está listo para que la bestia que habita debajo de mi cama salga y me
observe con sus enormes ojos rojos brillantes. Eso es lo único que he visto de
él: Sus ansiosos ojos color sangre.
El
aire comienza a sentirse más frío, el miedo que tengo hace más fría la
recámara. Tal es mi miedo que los dibujos de mi madre que hice y que están en
la pared, han huido de las pálidas hojas de papel para esconderse de él.
¡Llévenme
con ustedes, no me dejen aquí con el monstruo! ¡Mami!
Estoy
solo. Mi respiración inevitablemente se agita, mi corazón late al violento
ritmo del temor infundado por una existencia diabólica.
Diosito,
protégeme, por favor cuídame de todo mal.
Me
cubro hasta la cabeza con la sábana y me encojo inútilmente, esperando que un
milagro ocurra y el monstruo no me vea, aunque mis esperanzas no son muchas, sé
que me verá, siempre lo hace, a donde quiera que vaya él me ve, siempre.
Percibirá mis jadeos, sentirá mi cama vibrar y me arrebatará la sábana, como lo
hizo la vez que lo miré a los ojos, esos siniestros ojos luminosos y malvados.
Niño
Jesús, cuídame, ampárame a mí, que llevo tu mismo nombre.
La
cama se agita ferozmente, no por mí, no, es él; él hace mover la cama así para
espantar cualquier rastro de sueño, para asegurarse de que esté despierto
cuando logre salir. Siempre estoy despierto. No puedo dormir las noches que él
viene, ni la noche siguiente, ni la siguiente. No he podido dormir desde la
primera visita, como las llama él.
Le
escucho arrastrarse por debajo de mi cama, sus grandes manos se asoman. Está
saliendo.
Crack,
Crack.
Está
clavando sus enormes garras en el suelo y repta.
Mami,
estoy asustado, ven.
Ojos.
Esos ojos rojos iluminan mi cuarto. Todo es rojo ahora.
Crack,
Crack.
La
luz que despiden sus órbitas me apuntan anhelando verme.
Ya
salió.
El
hedor que emana de su boca me envuelve y me brinda el calor de la muerte. Una
de sus garras se pasea por mi cuerpo sobre la sábana. Lo disfruta, le gusta
asustarme, le gusta tocarme, le gusta hacerme temblar con su presencia. Toma la
cobija súbitamente y me descubre halándola y posándola sobre sus hombros
peludos como una capa. Me encojo tanto como puedo, no lo quiero ver, pero lo
hago, abro mis ojos, su malévola sonrisa me esperaba. Su cuerpo está muy cerca
de mí, más que nunca, más que la primera vez que me tocó, más que la primera
vez que me susurró. Sus labios partidos y gruesos están humedecidos. ¡No, por
favor!
¡Mami,
créeme, él existe y está aquí! ¡Ven por favor!
Saborea
cada centímetro de mi cadavérica piel con su filosa y delgada lengua. No puedo
moverme.
Sus
horrendas fauces se abren por completo, descubriendo su garganta preparada.
Suelta un ululante alarido de victoria y me toma del pie con su lengua.
¡No
lo hagas!
¡Mami!