lunes, 30 de julio de 2012

Asesino de sueños (Cap V)


            Lo que leí en ese cartel no lo podía creer, ambos sueños se habían convertido en realidad. La muerte del perro de Anna y la de la señora Mauricia son reales, yo los asesiné. No pude pensar en otra cosa que no fuera eso en el camino a mi trabajo, me senté en mi cubículo aún fuera de mí mismo.
            Después de unos diez minutos de trabajar, llegó mi jefe, con una caja entre sus manos. Se acerca a mí y me dice:
            —Felicitaciones Gustavo —destapó la caja y adentró de ella estaba una torta de chocolate con trozos de melocotón alrededor. Odio el chocolate, pero al menos se esforzó el idiota ese.
            De repente todos se me acercaron y empezaron a cantarme el cumpleaños feliz. Con todo lo que pasó hoy, había olvidado que era mi cumpleaños. Al terminar de cantar, soplé las velas y entonces… el bastardo de mi jefe y otros dos infelices empujaron mi cara contra la maldita torta, llenándome la cara completamente de ella.
            Fui al baño paseándome por todos los pasillos con el rostro lleno de torta, escuchando las risas de todos los bastardos del piso al verme, incluso me encontré con Mikel.
            —Hey, Gustavo, ¿te gustó la torta? No tenías que comértela toda tan rápido, eres un glotón —y rompió en risas, yo sólo le respondí con una risa falsa al infeliz.
            Finalmente me lavé la cara y al salir del baño, me encontré con María.
            —Gusti, el jefe dice que tiene que hablar contigo —dijo un poco apenada, pensé que por el tortazo. Sorprendido, voy a su oficina y veo que hay un sobre blanco en su escritorio, yo me quedo viendo el sobre con curiosidad y él me dice:
            —Es para ti —me dice con mirada seria.
            —¿Qué es? —pregunté algo inquieto.
            —Tu regalo de cumpleaños, mi último regalo para ti.
            —¿A qué se refiere? —pregunté, ahora confundido.
            —Pues… ayer, no hubo tal mantenimiento como te dijo María, mis socios y yo estuvimos conversando y se decidió hacer un recorte de personal, y lamentablemente tú te encuentras entre las personas que tendrán que irse.
            —Pero… ¿Por qué? ¿No nos estaba yendo bien?
            —La verdad es que no, lo siento Gustavo, pero no podemos hacer nada, ese sobre tiene un cheque con tu liquidación, con un buen bono extra en efectivo por ser tu cumpleaños. Espero que la pases bien hoy —resignado, molesto, y con ganas de asesinar a ese maldito, salgo de la oficina guardando el sobre con el dinero en el bolsillo interno de mi chaleco. Me dirijo a mi cubículo con intenciones de recoger mis pocas pertenencias, pero mis ánimos están tan bajos que preferí irme sin hacer nada.
            Al salir del edificio donde, hasta hace pocos minutos trabajaba, quise ir a un parque que estaba a pocas cuadras, para intentar relajarme. Ahí, me senté en un banco y me fijé en que había un par de adolescentes con mal aspecto que se me quedaban mirando fijamente, supuse que por mi mala cara, pero por prevención me fui en seguida a otro lugar del parque. Para mi sorpresa, esos chicos estaban persiguiéndome, obviamente no tenían intenciones de mirar las nubes conmigo y comentar sobre la figura que tienen, o preguntarme qué me pasaba, así que aceleré el paso a la salida del parque.
            Fuera, miré hacia atrás y vi que no me estaban siguiendo más, volteé al frente y ese par me sorprendió.
            —Mira, viejo… dame todo lo que tienes, esto es un quieto —dijo uno, entonces sacó un revolver de su pantalón y yo, por acto de reflejo me eché para atrás, pero quedé completamente arrinconado contra la pared. Su compañero, procedió a meter sus manos por mis bolsillos, tomando mi celular y mi billetera mientras el otro me apuntaba; siguió así hasta que en mi chaleco, consiguió el sobre con mi liquidación. Luego de tomarlo salieron corriendo, y yo caí al piso abatido. Una señora acompañada de quien presumo es su nieto, me preguntó:
            —¿Te robaron? —que pregunta tan estúpida, toda la calle vio cuando me asaltaron y todavía pregunta, sin mencionar que ninguno fue capaz de llamar a la policía o hacer algo. 
            —No, señora, estábamos jugando a policías y ladrones, y esa pistola que tenían era de agua. ¡Claro que me acaban de robar! Pero está bien, ya me las cobraré —dije mientras me levantaba y me iba; la vieja, se quedó mirándome diciendo que era un falta de respeto, como si la estupidez fuera digna de ser respetada. Me detuve queriendo regresar con la anciana para darle un buen par de golpes, para que aprenda lo que es el respeto, pero preferí seguir caminando. Cuando llegué a mi casa, quise ir a ver a Anna, pero de nada me serviría ir a consolarla si yo no tenía ni ánimos para caminar, y sólo quería gastar mis energías en matar a mi jefe… y ahora a esos delincuentes, así que decidí ir a mi casa.
            Afortunadamente, quedaba un poco de ese líquido exquisito que me trajo Adán el otro día, busqué mi jeringa y lo inyecté en mi brazo… sentía como la paz regresaba a mi cuerpo, mientras el mundo comenzaba a moverse a mi alrededor, me quedé dormido.
            Durante mi sueño, aparecí en el parque donde me habían robado, aún estaba un poco mareado por mi néctar, pero supe que estaba frente a los malditos que me asaltaron, ellos estaban contando el dinero de mi liquidación, tenían una gran sonrisa y sus ojos brillaban como si fueran niños recibiendo el mejor regalo en navidad.
            Tanteé al que me había apuntado antes, quería saber si aún conservaba el arma, la encontré, tomé el revolver que tenían, con el que me habían apuntado, él intentó tomarlo pero cuando se dio cuenta de que se estaba moviendo solo dio un gran salto hacia atrás, y su compañero salió corriendo despavorido, no eran tan valientes ahora, entonces, me teletransporté en frente de él, quedó paralizado, temblando del miedo, sólo podía ver un arma flotando. Respiré profundo, preparé el arma y jalé del gatillo. Ahí estaba uno de ellos, el más joven a mi parecer, tirado en el piso, con una herida en la frente que no dejaba de esparcir sangre.
            Su amigo, fue rápidamente a gatas al lado de su compañero, llorando su muerte, aún con el dinero en la mano, lo tomé y lo metí en mi chaleco, él miró la pistola, que estaba apuntando a su entrecejo y luego de un estruendo el cayó sobre su amigo, ahora sólo quedaba el imbécil de mi jefe. 

sábado, 14 de julio de 2012

Asesino de sueños (Cap IV)


            Después de asesinar al perro, dejé su cuerpo inerte y me dirijé a la habitación de mi amada, al entrar aparecí en un cuarto completamente diferente, cuya luz roja, daba la sensación de estar en el infierno a primera impresión. Ahí estaban la señora Arrechavaleta teniendo sexo con un hombre muy joven... no me sorprendió que ella le pagara a un gigoló para satisfacerse, me sorprendió ver el cuerpo desnudo de esa vieja, a mi parecer era muy asqueroso ver un pedazo de carne colgante, senos que casi llegaban a su ombligo moviéndose de arriba a abajo cabalgando al hombre tan apasionadamente, moviéndose como una estrella porno. Aunque admito que me excité un poco al imaginar a Anna moviéndose de esa manera tan lujuriosa, pero seguramente, aquel joven muchacho se estaba arrepintiendo de la vida que terminó escogiendo… a menos que le gusten las veteranas mayores.
         Traté de salir del cuarto de la vieja y volver al apartamento de Anna pero no pude lograrlo, mis manos no podían tocar la manilla... pasaban a través de ella. Tuve que aguantarme todo su acto sexual hasta el final, hasta pensé en masturbarme, admito que la señora se mueve muy bien, incluso hizo cosas que jamás había visto… ni siquiera de la más experimentadas de las prostitutas con las que alguna vez me acosté.
            Cuando terminaron su acto amatorio, la señora abrió la puerta y finalmente pude salir. Antes de regresar con Anna, vi como ella se despedía del muchacho con un beso candente y cuando finalmente él se fue, recordé lo hija de puta que es esta vieja, y, al tenerla tan cerca, siendo invisible a sus ojos no pude reprimir las ganas que tenía de continuar con ella lo que empecé con el perro, pero esta vez con una pequeña travesura. Tomé la sábana de su cama, llena de su sudor y orgasmos, me cubrí con ella y esperé a que saliera del baño para mostrarme, disfruté el grito lleno de desesperación que hizo al verme. Salió corriendo por toda la casa echando gritos, hasta quedar arrinconada, cuando estaba a un par de centímetros de ella, dejó de gritar y de desmayó.
            Al caer, yo aparecí en ese espacio blanquecino que había estado esperando, e inmediatamente escuché esa voz angelical a mis espaldas, ansiaba verla esta ves… y entonces dijo:
         —¿Te sientes mejor? —volteé, y la vi, una hermosa mujer pálida de ojos azules, con un largo vestido blanco hasta por debajo de las rodillas, aunque no tenía cabello, era más hermosa que cualquier otra fémina que haya conocido, incluso más que Anna, quedé inmediatamente enamorado de ella.
         —Sí —respondí farfullando.
            —¿Te duele la pierna? —preguntó acercándose a mí, algo preocupada.
            —No, ya no me duele.
            —Me alegro mucho —sonrió, fue la sonrisa más hermosa que he visto. Entonces desperté.
            Estaba un poco exaltado por esos sueños que tuve, parecían tan reales, pero a la vez, me sentía satisfecho con lo que hice, asesinar a esa vieja maldita y a ese perro. Me levanté de la cama con una gran sonrisa, casi de oreja a oreja, me bañé, desayuné, me vestí y salí para mi trabajo, aún con mi gran sonrisa. Cuando salí, me encontré a Anna en el ascensor, estaba muy triste, casi parecía que iba a romper en llanto en cualquier momento.
            —¿Qué te ocurre, Anna? —ella se abalanza sobre mí inmediatamente y me abraza muy fuerte, yo, un poco excitado la abracé también.
            —Mi perro, Black… está muerto —mi mente quedó en blanco unos segundos por el shock, la sonrisa que tenía desapareció completamente. Mi sueño de alguna forma se había hecho realidad, haber soñado que eso ocurrió me alegró mucho, pero esto es otra cosa, verla destrozada me partía el alma a mí.
            —¿Cómo? —pregunté titubeando.
            —No lo sé, anoche lo dejé en la cocina y cuando desperté parecía como si alguien lo hubiesen golpeado hasta su muerte, fui al veterinario y él me confirmó que murió a patadas —yo quedé atónito, era exactamente la forma en la que yo lo había matado en mi sueño. ¿Acaso no fue sólo un sueño?
            —Déjame acompañarte hasta la puerta de tu apartamento —fui con ella y luego, después de abrir la puerta me abrazó de nuevo, más fuerte que la vez anterior, me estaba costando un poco respirar —Anna, lo siento pero tengo que irme a trabajar, si quieres, cuando llegue vengo y hablamos.
            —Está bien —respondió enjugándose las lágrimas, entonces entró.
            Cuando me monté en el ascensor vi que había un comunicado en el espejo:

SENTIMOS LA PENOSA MUERTE DE LA SRA. ARRECHAVALETA
ESPEREMOS QUE DIOS LA TENGA EN SU GLORIA

lunes, 2 de julio de 2012

Asesino de sueños (Cap III)


            Después de la llamada de María, aproveché el tiempo que me dieron y visité a mi amigo Pedro, un médico excelente, pero lo suficientemente corrupto como para mandar a enyesarme la mano y darme algunos días de reposo, no sin pagarle antes, claro.

            —Hey, Gustavo. ¿Qué haces aquí? —me saludó muy amigablemente, levatándose para estrecharme la mano.

            —¿Recuerdas al perro de Anna? —le dije mientras nos sentábamos.

            —Sí, claro, ¿cómo olvidarlo?

            —Pues me mordió hace rato en la pierna, pero le dije a María, la secretaria de mi jefe, que lo había hecho en la mano, me preguntaba si me podrías ayudar.

            Él me miró a los ojos, los tenía un poco rojos, y, sinceramente, yo lo veía todo turbio, estaba casi ido.

            —Adán te visitó, ¿verdad? —preguntó muy seriamente, sin dejar de mirarme fijamente, incluso sentí ira en sus palabras.

            —Sí —dije un poco apenado.

            —Por favor, vete.

            —¿Por qué? —pregunté sorprendido.

            —No me importa con qué te estás matando, pero no quiero que vengas aquí en ese estado —se levantó—, vete, Gustavo.

            —¿Pero no me ayudarás? Te pagaré muy bien, sabes como soy de generoso contigo —me tuve que levantar, sentí cómo iba a ser golpeado si no lo hacía.

            —No te voy a ayudar, no me importa esta vez cuan generoso seas.

            —De acuerdo, de acuerdo, pero al menos dime a quién pudo acudir.

            —¡Lárgate! —exigió, todos los enfermeros y los pacientes que estaban en el consultorio, e incluso los que estaban afuera habían escuchado ese grito estremecedor. Sólo pude irme sin decir una palabra más, decepcionado, y sin saber a quién acudir.

           
            Regresé a mi casa, aún decepcionado, pensando en cómo, o qué debería hacer para no ir a trabajar, no me quedaba mucho tiempo antes de la una y media ya, entonces se me ocurrió una idea, fui a la cocina y tomé un tenedor trinchador, lo miré fijamente, comencé a sudar… luego miré el piso y me fui al baño, la sangre es muy difícil de quitar. Me metí en la bañera, me había quitado toda la ropa, entonces, después de un gran titubeo mío… clavé sus dos puntas por debajo de mi pulgar izquierdo, inesperadamente no sentí mucho dolor, la droga de Adán sí que tiene un efecto duradero, moví el tenedor dentro de mi mano para abrir la herida y se viera más como una mordida de perro. La sangre me había bañado completamente la cintura. Seguí abriendo la herida hasta que se hizo lo suficientemente grande, comencé a sentir un intenso dolor, grité como nunca lo había hecho, entonces decidí parar. Luego, limpié un poco la herida con alcohol y la vendé yo mismo, me vestí y me fui al trabajo.

            Al llegar, cuando entro al edificio, saludo al guardia de seguridad, Mikel, un hombre moreno con barriga de cervecero, muy atento. A todos nos cae bien, incluso tiene fama de mujeriego, tal vez debería pedirle algún truco para conquistar a Anna.

            —Hola, Mikel.

            —¡Hey Gustavo! ¿Estás bien? ¿Qué te pasó en la pierna? —se había fijado que estaba cojeando un poco al caminar—. Y en la mano… ¿qué estabas haciendo?
            —¡Ah eso! Me mordió el perro de mi vecina

            —María me dijo que te había mordido en la mano… pero no sabía que también te lo había hecho en la pierna —el desdichado rompió en risas y yo comencé a sentirme como idiota.

            —¡Oye! No deberías reírte de las desgracias ajenas… Por cierto, ¿no tienes vendas para ponérmelas en la mano? Esta está roja ya.
            —Por supuesto que no, sólo soy el guardia, no soy el enfermero del edificio.

            —Ah, tienes razón —empecé a caminar, con dirección al ascensor al fondo del pasillo.

            —Oye, Gustavo —llamó Mikel.

            —Sí, dime.

            —¿Te gustan las sorpresas?

            —Eso depende ¿Por qué lo preguntas?

            —No… no es nada —soltó una risa que apenas pudo contener. Sin saber de qué hablaba, continué caminando.

            Al llegar al piso donde hacía mi trabajo, lo primero que hice fue ir a la oficina del jefe, toqué la puerta de su oficina y María dijo:

            —Pasa —así lo hice.

            —¿Está desocupado el jefe?

            —Sí, pero no está en la oficina, salió un momento, no sé a donde.

            —Ah, ok, entonces iré a mi cubículo.

            Al llegar a mi puesto, enciendo mi ordenador. Al iniciar sesión, lo primero en que me fijo fue que la papelera de reciclaje aún tenía documentos, la abro y veo que todos los archivos que había borrado desde la semana antepasada aún estaban ahí. Me parece muy extraño que los de mantenimiento hayan dejado la papelera así, siempre eliminan estos archivos, de hecho, creo que es lo primero que hacen.

            Al finalizar mi jornada laboral de este día, llego a mi casa cansado y un poco más tarde de lo normal porque sigo cojeando. Me tumbo en la cama, la mano me empieza a doler más que en todo el día, decidí inyectarme de nuevo ese líquido celestial que Adán me trajo. La paz, la serenidad volvieron a mí, pero sobre todo, el dolor estaba empezando a desaparecer, calmado inmediatamente me quedé dormido, sin siquiera haberme quitado la ropa o los zapatos.

            Al darme cuenta, aparezco frente a la puerta de Anna y entro a su apartamento traspasando la puerta, como si fuera un fantasma, su perro me ladra y ella sale de su cuarto vestida con un babydoll azul claro, verla así me excitó mucho, pero ella parece no verme y comienza a hablarle a su perro:

            —Blaqui ya cállate, todavía estoy brava contigo por lo que le hiciste a Gustavo, sabes que él me gusta mucho. Métete en la cocina, vas a pasar ahí toda la noche —tomó una tabla de más o menos un metro de largo y le bloqueó la salida al perro.

            Ella se mete a su cuarto, se acuesta sobre su cama y luego de unos minutos se queda dormida, yo me quedé viéndola todo el tiempo, como tonto embelesado. Después de quedarse dormida, escucho los gruñidos del perro provenientes de la cocina, decido acercarme a él y este comienza a mirarme fijamente, gruñendo cada vez más fuerte. Yo sigo molesto con el perro por la mordida que me hizo en la pierna, decido sacar toda mi ira pateando tan fuerte que vuela hasta el otro lado de la cocina, voy hacia él con más ira y continuo pateándolo, pisoteándolo hasta que deja de moverse y chillar… había muerto, maté al maldito perro, lo único que se interponía entre Anna y yo, no podía estar más contento...