El pasillo donde me encontraba era largo, con suelo de cerámica blanca y paredes azul eléctrico, adornados de miles de cuadros abstractos, algunos rodeando las cinco puertas que tenía para elegir. Decidí ir por la quinta, la color mierda, la que se encontraba al final del pasillo. Atraído por su manija con forma de ala y su marco dorado, me dirigí hacia ella, tropezando con un erizo transparente, clavándome sus agujas invisibles en el pie. La enfermera de los Animaniacs apareció para atender mi herida, colocándose unos lentes especiales con cristales en espiral que le permitirían ver las agujas. Removió cada una de ellas lentamente, mientras yo sólo observaba su sus pechos a través del gran escote que tenía para esta ocasión. Finalmente, después de hacer lo suyo, desapareció con un guiño seductor y una mordida de sus labios provocativos.
Al cruzar la puerta, no me encontré con nada más que una manada de elefantes rosados convulsionando al son de una canción de Skrillex, mientras cuatro jirafas tenían un partido de poker, apostando porros de marihuana, sorbiendo sangría con un pitillo tan extenso como su cuello. También se podía divisar, casi al fondo de la enorme habitación, un zorrillo azul encargado de aromatizar —con fragancias frescas salidas de su trasero— cada cierto tiempo el lugar, evitando que el olor de las drogas, el sudor y las flatulencias de los paquidermos lo contaminasen.
En la esquina más oscura, bajo unas escaleras que llevaban a quién sabe qué lugar, donde no parecía llegar ni un decibelio de todo el ruido que había, se encontraba un gato siamés ensimismado, más bien triste por alguna razón, intenté acercarme, pero éste me despreció taladrándome con la mirada, dejando un gran hueco entre mis ojos. Luego, me invitó a un trago de Cointreau mezclado con naranja, negándoselo con un gesto de mi mano temblorosa.
A continuación, una mujer desnuda, con cabeza de tigre me invitó a bailar jalando mi antebrazo, no niego que su cuerpo de humana estaba perfectamente esculpido, hasta provocó una erección, haciendo a mi miembro tan grande que incluso los elefantes se sentían celosos. Ella, por otro lado, se sintió atraída, invitándome esta vez a salir del club para copular, pero justo en ese momento un minotauro ebrio —quien parecía tener algo con ella— se acercó, sometiéndola de una cachetada, gritándole maldiciones y catalogándola de puta; no tuvo más opción que irse de allí, volteando hacia mí con una mirada que pedía disculpas.
Subí por las escaleras que se encontraban sobre el siamés, al llegar arriba del todo, me situé en una pradera similar al famoso fondo de pantalla de Windows. Virando mi cabeza, lo primero que pude observar fue a un oso gris teniendo sexo con una armadura medieval sobre las ramas de un árbol que parecía disfrutar ser el espectador de tan singular acontecimiento. Pasmado, no logré mover un dedo hasta que un conejo amarillo jaló de mi pantalón, me hizo señas con sus patas delanteras para que me agachase, quería decirme algo al oído, pero en cuanto me acerqué a su hocico, éste se transformó en un enorme dragón occidental de escamas moradas, cuernos de espiral que salían de los laterales de su enorme cabeza, garras grandes y afiladas, y una mirada carmesí que reflejaba más sed de sangre que odio. Yo, por mi parte salí volando con las alas de cera que me crecieron en ese instante, traté de huir de él tan rápido como pude; él me siguió, escupiendo fuego para derretir mis alas, y lo logró; caí estrepitosamente en el suelo dejando parte de mi piel en la hierba baja. El conejo (o dragón, como lo veía ahora) aterrizó lentamente cerca de mí, me olisqueó y luego saboreó su hocico con su lengua filosa, estaba decidido a comerme. Cuando mostró sus descomunales colmillos en una sonrisa maliciosa que indicaba mi fin, un topo verde salió desde abajo de la tierra golpeando al dragón en su mandíbula, me hizo señas para que saliera corriendo y así lo hice, me levanté como pude y corrí lo que me parecieron horas, sin mirar atrás, sin ver cómo el noble topo se sacrificaba por mi bien.
Seguí corriendo hasta llegar a una puerta, intenté abrirla en lo que pareció ser un intento inútil, ya que se encontraba completamente bajo llave, miré a los lados y vi a otro árbol, éste tenía un panal de... ¡Llaves! Llaves con alas como las de Harry Potter, lancé una bola de fuego al panal y todas ellas salieron despavoridas de allí, al verme no dudaron ni un segundo en atacarme. Mientras era picado por todas, trataba de ver cuál era la que estaba buscando, todas las que me agredían se veían antiguas, y la que necesitaba debía ser una llave de esta generación, finalmente pude divisar una llave bebé atemorizada cerca del panal en llamas. ¡Bingo! Esa parecía ser la que necesitaba, así que usé mi telepatía recién nacida y atraje hacia mí a la pequeña llave, abrí la puerta tratando de huir de las llaves más viejas —que ya estaban abriendo grandes agujeros en mi piel— pudiendo lograr, al fin, huir de todo aquello... apareciendo nuevamente en el pasillo en el que estaba al principio.
En la esquina más oscura, bajo unas escaleras que llevaban a quién sabe qué lugar, donde no parecía llegar ni un decibelio de todo el ruido que había, se encontraba un gato siamés ensimismado, más bien triste por alguna razón, intenté acercarme, pero éste me despreció taladrándome con la mirada, dejando un gran hueco entre mis ojos. Luego, me invitó a un trago de Cointreau mezclado con naranja, negándoselo con un gesto de mi mano temblorosa.
A continuación, una mujer desnuda, con cabeza de tigre me invitó a bailar jalando mi antebrazo, no niego que su cuerpo de humana estaba perfectamente esculpido, hasta provocó una erección, haciendo a mi miembro tan grande que incluso los elefantes se sentían celosos. Ella, por otro lado, se sintió atraída, invitándome esta vez a salir del club para copular, pero justo en ese momento un minotauro ebrio —quien parecía tener algo con ella— se acercó, sometiéndola de una cachetada, gritándole maldiciones y catalogándola de puta; no tuvo más opción que irse de allí, volteando hacia mí con una mirada que pedía disculpas.
Subí por las escaleras que se encontraban sobre el siamés, al llegar arriba del todo, me situé en una pradera similar al famoso fondo de pantalla de Windows. Virando mi cabeza, lo primero que pude observar fue a un oso gris teniendo sexo con una armadura medieval sobre las ramas de un árbol que parecía disfrutar ser el espectador de tan singular acontecimiento. Pasmado, no logré mover un dedo hasta que un conejo amarillo jaló de mi pantalón, me hizo señas con sus patas delanteras para que me agachase, quería decirme algo al oído, pero en cuanto me acerqué a su hocico, éste se transformó en un enorme dragón occidental de escamas moradas, cuernos de espiral que salían de los laterales de su enorme cabeza, garras grandes y afiladas, y una mirada carmesí que reflejaba más sed de sangre que odio. Yo, por mi parte salí volando con las alas de cera que me crecieron en ese instante, traté de huir de él tan rápido como pude; él me siguió, escupiendo fuego para derretir mis alas, y lo logró; caí estrepitosamente en el suelo dejando parte de mi piel en la hierba baja. El conejo (o dragón, como lo veía ahora) aterrizó lentamente cerca de mí, me olisqueó y luego saboreó su hocico con su lengua filosa, estaba decidido a comerme. Cuando mostró sus descomunales colmillos en una sonrisa maliciosa que indicaba mi fin, un topo verde salió desde abajo de la tierra golpeando al dragón en su mandíbula, me hizo señas para que saliera corriendo y así lo hice, me levanté como pude y corrí lo que me parecieron horas, sin mirar atrás, sin ver cómo el noble topo se sacrificaba por mi bien.
Seguí corriendo hasta llegar a una puerta, intenté abrirla en lo que pareció ser un intento inútil, ya que se encontraba completamente bajo llave, miré a los lados y vi a otro árbol, éste tenía un panal de... ¡Llaves! Llaves con alas como las de Harry Potter, lancé una bola de fuego al panal y todas ellas salieron despavoridas de allí, al verme no dudaron ni un segundo en atacarme. Mientras era picado por todas, trataba de ver cuál era la que estaba buscando, todas las que me agredían se veían antiguas, y la que necesitaba debía ser una llave de esta generación, finalmente pude divisar una llave bebé atemorizada cerca del panal en llamas. ¡Bingo! Esa parecía ser la que necesitaba, así que usé mi telepatía recién nacida y atraje hacia mí a la pequeña llave, abrí la puerta tratando de huir de las llaves más viejas —que ya estaban abriendo grandes agujeros en mi piel— pudiendo lograr, al fin, huir de todo aquello... apareciendo nuevamente en el pasillo en el que estaba al principio.
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