Hace unos pocos días, el martes de esta semana, luego de mi jornada laboral, en el trabajo se hizo una premiación a los ejecutivos con mayor desempeño; en los cuales, obviamente estaba yo con mi sorpresivo 100% en calidad (el único en mi departamento, cabe destacar) y otras dos compañeras con 96 y 92% en calidad respectivamente. Luego de una pequeña, y tediosa charla diciendo que teníamos que mejorar, y ayudar a mejorar a nuestros compañeros para que cada vez fuéramos más los que estuviésemos siendo “premiados”, nos hicieron pasar a cada uno de los convocados para tomar un papelito de una gorra que se encontraba en la mano de una hermosa supervisora, la jefa de todos nosotros.
Los premios eran: Bolsitos de comida, gorras, koalas (no los animales, no sean pendejos), camisas y un codiciado bolso grande tipo escolar, además de un reconocimiento similar a un diploma. Fueron llamándonos uno a uno para tomar el papel, hasta llegar yo, fui el quito o sexto de unas 15 personas. Confiado en mi suerte, tomé el papel pensando en ese gran morral, cuando lo tomé y lo vi, me decepcioné dramáticamente, me había ganado un bolsito de comida, cosa que nunca usaría ya que rara vez como en el trabajo.
Al sentarme, una chica de otro departamento me dijo en broma que quería cambiar mi premio por el suyo, una camisa; con un gesto indiferente acepté la propuesta y ella sorprendida hizo el cambio, pues me es más útil una camisa que un bolsito de comida.
Al salir de mi trabajo, con mi camisa nueva metida en mi morral de siempre, me dirijo a mi casa, y, a mitad de camino, recorriendo la transferencia de la línea 1 hacia la línea 2 del metro de Caracas, me entero de que en la estación La paz, ocurrió algún tipo de accidente que retrasó por completo el sistema, sólo tenía dos opciones: Esperar 2 horas a que se resolviera el problema, o salir y tomar una camioneta. La opción que debía tomar era obvia: Salir y tomar un transporte alternativo.
Un poco perdido, caminé por todo El silencio, buscando el lugar por donde pasan las camionetas que se dirigen hacía Caricuao, mi hogar; luego de unos 15 minutos de hacer memoria y caminar como pendejo, encontré dicho lugar, pero para mi desgracia, todas, TODAS las camionetas que pasaban por allí, que iban a Caricuao (que además son escasas), estaban completamente llenas, ¡llenas! Así:
Luego, retrocedí a pie una estación, a La hoyada, para tomar los mismos transportes con la esperanza de encontrar uno más vacío, pero no, llegaban igual de llenos, esperé tal vez una hora completa y nada, así que seguí retrocediendo estaciones y llegué a Parque Carabobo. Allí, al fin pude montarme en una camioneta que no estaba vacía, pero al menos cabía en ella. Tres horas después, sí, tres malditas e infernales horas aguantando calor, sofocado por el cuerpo sudoroso de las otras personas que me apretaban como sardina enlatada, ya a eso 7:30 pm, pude llegar a mi casa, cansado, con hambre, sueño. Me enteré que el AC Milán (mi segundo equipo favorito) perdió 4-0 contra el Farça, una remontada memorable, debo admitir, pero aplastante sin lugar a dudas, mi día no terminó nada bien.
La mañana siguiente, me puse la camisa, sólo por exhibición, pues ninguno de mis compañeros supo que me la había ganado ya que cuando me la dieron ellos ya se había n ido a sus hogares. Bien, la mañana siguiente, me dispuse a salir a ganarme el pan de cada día, cuando yo iba en la estación del metro La hoyada, un imbécil se lanzó a los rieles en Bellas artes, siendo suicidado por el tren que pasaba por la estación, provocando un retraso tan grande, o mayor al que había el día anterior en la línea 2. Para no llegar tarde a mi trabajo, salí a buscar una camioneta que llegara hasta mi trabajo, pasaron 3 camionetas, pero todas las vi cuando ya era demasiado tarde, era por mi mala ubicación, me encontraba en la cuadra después del semáforo, obviamente en ese punto todas las camionetas estaban acumuladas y las que no servían ocultaban a las que sí; por ello, tuve que pararme debajo del semáforo para tener un poco más de suerte, y finalmente pude montarme en una luego de usar un poquito mi cerebro aún dormido.
Por supuesto, llegué tarde a mi labor, había un tráfico típico de Caracas a las 6:00 a.m. y fue una jornada digna de un negro esclavo, un día terrible, obviamente salí tarde del trabajo y por ende, llegué más tarde a mi casa, aunque no tan tarde como el día anterior. Para finalizar, mi abuela me llamó para que le ayudara a cargar las bolsas del mercado que eran un tanto pesadas, luego me indicó que entráramos en el FarmAhorro del centro comercial que se encuentra a la salida de la estación Zoológico, para comprar cosas… cosas que terminé pagando yo.
Y hoy, para rematar, bloqueé mi tarjeta de en el cajero porque no me aceptaba la puta clave, si las semanas tuvieran un nombre, el de esta sería: “Alfonso y la camisa maldita”, o “Alfonso y la semana desastrosa”. Todo esto ocurrió, como ya deben saber, por culpa de esta camisa embrujada.
¿Qué me esperará el día de mañana?

No hay comentarios:
Publicar un comentario